Por Jordi Mir Garcia, Profesor asociado del Departamento de Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra
CIP-Ecosocial – Boletín ECOS nº 7, mayo-julio 2009
Recientemente el actual ministro de educación, Ángel Gabilondo, en una intervención ante diferentes sectores juveniles del Partido Socialista Obrero Español decía, buscando las risas, que si tenían algún problema en casa, con sus compañeros, lo que fuera, le echaran la culpa a Bolonia. Todo es culpa de Bolonia. El “No a Bolonia” ha tenido tanta fuerza durante este curso que acaba que ya forma parte del debate público en nuestra sociedad. Ha sido un eslogan exitoso que ha permitido algo muy difícil de lograr.
Las autoridades académicas y políticas han tenido una posición muy firme al respecto. El llamado “Proceso de Bolonia” no ofrece más que ventajas. Tres han sido las más destacadas: la homogeneización, el apoyo de la movilidad y una nueva metodología docente que pondría en primer plano al estudiante. Pero hay otras cosas en juego. Pasamos de una trayectoria universitaria pensada principalmente para una titulación a un modelo donde el postgrado será la puerta de entrada a muchos ámbitos laborales. Las universidades multiplican su oferta y existen tarifas de lo más diversas. Los cambios afectan, también, a la orientación a la empleabilidad, a la relación con las empresas, a la financiación de la investigación, a la evaluación del personal docente e investigador, e incluso al gobierno de la universidad.
Como dicen algunas de las autoridades académicas y universitarias, todo esto no es “Bolonia”, ya venía de antes. Efectivamente, el “No a Bolonia” ha servido al movimiento para empezar a ponerlo todo sobre la mesa, para tener visibilidad, para coger un cierto peso. Pero, seguramente, sirve de poco más a la hora de hacer frente a todo lo que está ocurriendo.
La lección de los estudiantes
El movimiento estudiantil, a partir de salir a la calle y organizar diferentes actuaciones, las más llamativas de las cuales han sido las ocupaciones, ha posibilitado que algo tan indefinido, escurridizo, tomara cuerpo e hiciera posible la oposición. Lo que está en juego puede ser muy importante, pero no es nada sencillo de transmitir. Desde que empezaron las primeras movilizaciones durante este curso se descalificó al conjunto de estudiantes activos de un modo u otro, diciendo que no sabían de lo que hablaban o acusándolos de manipulables, extremistas y violentos. Esta inercia ha llevado a algunos representantes políticos y académicos, con buen acompañamiento de los medios, a hablar de kale borroka y procesos de “batasunización”. Incluso la represión entró en escena. Una de las máximas expresiones de esta práctica se vivió en las calles del centro de Barcelona el 18 de marzo, tras el desalojo de la Universidad de Barcelona, cuando los Mossos d’Esquadra, tal y como se puede ver en diversas grabaciones (1) y han podido vivir en su propia piel los protagonistas, persiguieron dentro y fuera de las concentraciones o manifestaciones a todo aquel que fuera sospechoso y estuviera por los alrededores.
En el movimiento hay diversidad de sensibilidades y se debe reconocer que se han producido algunos actos donde la violencia ha tenido su papel, pero han sido puntuales y no pueden ser atribuidos al conjunto. Estamos hablando de un movimiento que desde su inicio optó por posiciones pacíficas, que intentó hacer evidente el conflicto pero que ejerció la no-violencia. Y no sólo eso. En el movimiento han existido profundas discusiones sobre las vías de actuación y en la inmensa mayoría de los casos se ha impuesto la pacífico-constructiva. Y aquí asistimos a una paradoja que conviene destacar. Precisamente aquellos que han defendido esta vía han acabado siendo los que han vivido los desalojos en la Universidad de Barcelona y en la Universitat Pompeu Fabra.
Estamos hablando de chicas y chicos preocupados no sólo por la formación que reciben, las prácticas que deben hacer o sus evaluaciones, sino también por la justicia social. Piensan que la educación debe contribuir a la mejora de las condiciones de vida de las personas por las posibilidades que ofrece y los conocimientos que genera. Les preocupan las desigualdades que puede provocar una universidad no accesible y la proliferación de masters exclusivos a precios inalcanzables para el conjunto de la ciudadanía. Ven indicios que les hacen pensar en la escasez de recursos en aquellos ámbitos del saber en los que nadie parece dispuesto a invertir porque se consideran no rentables. Ante las múltiples inquietudes que tienen, lo que correspondería serían respuestas, explicaciones y debates sobre modelos posibles. (2)
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